Mi velero va sin rumbo,
en un mar enfurecido;
mis brazos se extienden en el aire
abrazando al vacío.
Mis pies no tocan tierra,
lejana y prisionera de los hombres.
Más un día pisé tierra firme
y se perdieron los colores.
Sigo en mar, pues la tierra no es de nadie;
navegando entre aguas y sonrisas,
letras y cuadernos,
sabor a sal y música de olas.
Cuando la tierra sea libre,
entonces... volveré a ponerme los zapatos.
martes, 11 de mayo de 2010
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