
Puntual en un margen de diez minutos,
alzo la mano y paso mi trozito de plástico,
ese que te permite disfrutar del trayecto.
Busco un hueco en el que poder sentarme,
mientras, voy agarrándome a las barras por el vaivén,
a días, comparable a una atracción de feria.
Me siento y noto como los brazos de mi compañera de asiento se encojen...
diría que la regla es no tocarse ni rozarse.
Entre todos nos miramos sin mirarnos,
cada uno absorto en una cosa,
la ventana, la música, el diario, gafas de sol oscuras..
Llega mi parada, toco el timbre
y, ya de pié, intento mantener el equilibrio en el frenazo.
Se abren las puertas
y aterrizo en la acera,
he llegado a mi destino.
Mañana... a la misma hora
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